Ya pasaron las arengas, las banderas y el despliegue de menguada fuerza política en las plazas. Tras la jornada del pasado viernes, el país quedó con una imagen clara: un Gobierno que, ante su incapacidad ejecutiva de presentar resultados tangibles de su gestión, ha decidido refugiarse definitivamente en la democracia de la calle. Aún más, lo que vimos no fue una fiesta del trabajo; fue la continuación oficial de una campaña de recolección de firmas para imponer una Asamblea Nacional Constituyente, con cuenta abierta para recibir donaciones de dinero.
Para que lo entendamos sin tecnicismos ni eufemismos: recoger firmas para una Constituyente es un intento más del Ejecutivo de saltarse los canales legales y el debate en el Congreso. Es, en palabras sencillas, querer cambiar las reglas del partido porque el marcador no le favorece. El presidente Petro ha insistido en que la Constitución de 1991 es un obstáculo para gobernar, cuando en realidad es el escudo que nos ha protegido de la arbitrariedad y el desorden del gobierno del “cambio”.
Sin embargo, y talvez porque percibe que ese falaz discurso no le llega al grueso de los colombianos, declaró en Medellín que “no pensamos cambiar la Constitución de 1991, pensamos agregarle dos capítulos: el capítulo de las reformas sociales que no dejaron aprobar en el congreso y el capítulo del cambio del sistema político para erradicar la corrupción y dejarla en el pasado”. En realidad, si algo ha demostrado Petro durante su administración es que su intelecto solo le da para improvisar discursos rimbombantes, pero no para identificar la raíz de los problemas a solucionar, y menos para supervigilar que los cargos se desempeñen éticamente; y esto, entre otras razones, porque no se supo rodear de funcionarios competentes y nunca puso la mirada en sus propias responsabilidades personales y/o políticas. Por esto, no ha querido reconocer que, si las reformas sociales no pasaron en el congreso tal y como él las concibió, no fue por el diseño constitucional sino por su desorden para priorizarlas y el autoritarismo del que hizo gala para tratar de imponerlas. Es que buena parte del órgano legislativo fue insultado con los discursos de Petro frente a “su pueblo”. No es sino recordar el del 1º de mayo del 2025 cuando en un paroxismo rayano en el ridículo y con espada de Bolívar y bandera bolivariana de la “guerra a muerte” incluidas, amenazó a los congresistas que se opusieran a la consulta popular para sacar adelante la reforma laboral diciendo “que serían expulsados del congreso por el pueblo”.
En fin, ¿de qué le sirve a un ciudadano que el Gobierno firme miles de formularios en las plazas, si es incapaz de garantizar la seguridad en el Cauca o de manejar con eficiencia el presupuesto de la salud? Los problemas más sensibles de Colombia —el hambre, el desempleo, la informalidad, la corrupción, el avance del terrorismo— no se solucionan redactando nuevos artículos constitucionales. El papel lo aguanta todo, pero la paciencia de un país que ve cómo se desmorona su institucionalidad tiene un límite.
Ahora bien, en vísperas de elecciones a la presidencia lo preocupante es la complicidad y la estrategia dual del continuismo. Vimos al candidato Iván Cepeda muy activo, validando este ataque frontal a la estabilidad jurídica del país, mientras en los salones del poder y en las entrevistas en medios intenta proyectar una imagen de moderación cuando dice que lo que busca es un acuerdo nacional, y si de allí se deriva la necesidad de la Constituyente se saca adelante. Es el doble discurso de siempre: agitan la hoguera constituyente en la plaza pública y juran respeto a la ley. Es una trampa retórica que busca adormecer a la ciudadanía antes de las elecciones del 31 de mayo… ¿Se dieron cuenta lo que pasó con el Partido Verde que terminó en el último vagón del tren del continuismo?
Quienes hoy agreden la Constitución con discursos de refundación nacional, son los mismos que han incumplido su deber primordial de proteger la vida y el orden. No necesitamos una nueva Constitución, lo que necesitamos es gobernantes que la respeten y trabajen en el marco de la que ya tenemos. Si permitimos que el capricho de un gobernante reemplace el imperio de la ley, estaremos entregando nuestra libertad a cambio de un espejismo. El camino no es la constituyente del caos, sino la reafirmación de nuestra grandeza institucional.
