¿DÓNDE QUEDÓ EL PARTIDO CONSERVADOR?

El 4 de octubre de 1849, Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro publicaron en La Civilización el programa que fundó al Partido Conservador Colombiano. No estaban simplemente inscribiendo una organización electoral, sino que. buscaban proveer de una identidad política a una nación que experimentaba sus primeras convulsiones. De esta manera la organización política nació como respuesta a un período de transformación y disputa sobre el rumbo que debía tomar la Nueva Granada, es decir buscando convertirse en un referente cohesionador.

Por lo anterior, en dicha publicación quedó planteado el acervo de valores que defendería y promovería, oponiendo el orden constitucional a la dictadura, la legalidad a las vías de hecho, la moral cristiana a la inmoralidad, la libertad racional a la opresión y la igualdad legal al privilegio aristocrático. Y en los primeros años de este siglo acogió en sus estatutos la Doctrina Social de la Iglesia, como guía orientadora para cumplir con su compromiso social y no para instrumentalizar políticamente la Religión Católica. 

¿Qué queda de todo aquello 177 años después? La pregunta no pretende desconocer la historia ni el trabajo de quienes han militado en esta colectividad, ni ignorar que la política exige acuerdos, que las sociedades y sus problemas evolucionan y que ningún partido puede vivir permanentemente en oposición al gobierno de turno. Pero sí exige algo que para algunos puede sonar incómodo: preguntarnos dónde está hoy la identidad conservadora, mientras el país observa cómo otros sectores disputan el espacio que alguna vez le perteneció casi en exclusiva.

El Centro Democrático mantiene su propia trayectoria. Salvación Nacional busca espacio de nuevo. Defensores de la Patria acaba de obtener su personería jurídica y pretende articular una coalición que busca diferenciarse incluso del uribismo. ¿Y el Partido Conservador? Aquí aparece otra inquietud que tampoco se puede esquivar. La colectividad tuvo, durante el cuatrienio pasado, congresistas señalados por su cercanía con el gobierno Petro —el caso del senador Wadith Manzur, cuyo vínculo político con esa administración fue ampliamente reportado mientras enfrentaba un proceso judicial por el caso UNGRD, es apenas el más visible—. Pero tampoco sería justo decir que todo el partido fue petrista, tanto así que el 28 de julio de este año, por decisión unánime de sus bancadas, se declaró partido del Gobierno de Abelardo De La Espriella, invocando afinidades en la defensa de la familia, la empresa privada, el orden y la autoridad. 

De cualquier manera, surge otra pregunta: ¿debe un partido histórico definirse por su cercanía con el gobierno de turno o por los valores que dice representar gobierne quien gobierne? No hago esta pregunta desde afuera. La hago desde quien llamó a la puerta de esa misma casa y, sin renunciar a ella, terminó construyendo una propuesta —Concordia Nacional— precisamente porque creyó que las ideas aportantes al bien común nacional debían pesar más que la cercanía al poder de turno.

El 4 de octubre no conmemora solamente una fecha. Conmemora una tradición que alguna vez creyó que los valores y las ideas fundantes debían estar por encima de los hombres y de las coyunturas. Por eso la pregunta no es si el Partido Conservador todavía existe. Existe, sin duda. La pregunta verdaderamente importante es: ¿para qué existe?

Si el conservatismo colombiano quiere seguir siendo una referencia política y no apenas una sigla disponible para la coalición de turno tendrá que volver a explicar qué significa ser conservador en la Colombia del siglo XXI: qué quiere conservar, qué está dispuesto a transformar y cuáles son los valores que no está dispuesto a negociar con nadie, ni siquiera con sus propios aliados.

La historia le dejó un nombre. El presente le exige, otra vez, un significado.