Fui precandidato a la presidencia del Partido Conservador desde el 25 de noviembre del año anterior hasta el pasado 7 de marzo, día en el que después de un último esfuerzo por contribuir a que el partido demostrara su propósito de servir al país desde el poder ejecutivo, evidencié que la declaración del año anterior de presentar candidato propio a la presidencia era solo para el papel. Por esta razón puedo afirmar que con el actual directorio esta colectividad actuó solo como una expedidora de avales a los cuerpos legislativos sin ambición de servicio a Colombia desde la presidencia de la República.
El ejercicio de la política, en su acepción más alta y noble, es el arte de conducir a una sociedad hacia la promoción y/o la salvaguarda del bien común general dentro de los cánones constitucionales del Estado de derecho. Sin embargo, lo que hemos presenciado recientemente en el manejo para la selección de candidaturas presidenciales dista mucho de esa nobleza. En lugar de un ejercicio transparente y democrático, lo que vimos fue una preocupante exhibición de hipocresía procedimental que debilita las instituciones políticas.
Es que, pese a contar con opciones de probada solvencia moral, capacidad técnica y trayectoria patriótica, el proceso de selección se convirtió en un laberinto de intereses cerrados. Es incomprensible que, teniendo perfiles capaces de ofrecer un norte claro al país en momentos de crisis, se haya optado por el manejo cupular, ignorando la riqueza de las ideas que los precandidatos teníamos para poner sobre la mesa. Esta actitud no solo afectó a las personas, también hiere de muerte la confianza de las bases partidistas y del ciudadano en general en sus propias organizaciones.
Sin embargo, más allá del desacuerdo estratégico, lo que resulta verdaderamente alarmante es la pérdida de la altura y la decencia en el trato político. La política no es solo aritmética electoral; es, ante todo, una relación humana basada en el reconocimiento y el respeto. Es inaudito que, tras un proceso de inscripción formal, no existiera el más mínimo espacio para una reunión de presentación de propuestas o de autocrítica o, al menos, para hacer un balance conjunto con quienes decidimos dar un paso al frente por el partido.
La ausencia de un gesto tan elemental como una carta de agradecimiento por la buena voluntad de representar a la colectividad es un síntoma de una enfermedad mayor: la instrumentalización deshumanizadora del ejercicio público. Cuando las formas se pierden, se pierde el respeto por el otro y, por ende, se pierde la autoridad moral para dirigir a una nación. Una organización que no sabe honrar a quienes le sirven desde la convicción, difícilmente podrá inspirar a una ciudadanía que clama por integridad.
Dicho lo anterior, el compromiso con Colombia no se agota en una decisión de directorio o en una coyuntura electoral. Mi vocación de servicio permanece intacta y mi voz seguirá presente en el debate nacional. Seguiré aportando con el espíritu de Concordia Nacional, un movimiento que, entre otros aspectos, nace de la necesidad de elevar el nivel de la discusión política en nuestro país.
Concordia Nacional no es un simple eslogan; es una propuesta de mejorar la convivencia – y no solo la coexistencia-, basada en el respeto a la diversidad de ideas, pero con un norte innegociable: la verdad y el bien superior de la nación. No podemos permitir que la pugnacidad y la falta de formas sigan siendo la norma. Colombia merece una política que, incluso en el disenso, mantenga la decencia y la mirada puesta en la grandeza del Estado Nación. El camino hacia la estabilidad armónica no se construye con silencios administrativos, sino con la valentía de enfrentar la realidad con altura estratégica y compromiso ético.
