SOBRE EL PROGRESO Y EL PROGRESISMO

Las sociedades occidentales han vivido bajo la ilusión del progreso permanente. Un optimismo ideológico que muchas veces resulta en simplificación pues al sumar pasado y presente tienden a considerar la suma como positiva. Pero la historia del siglo XX y la del cuarto de siglo del XXI, muestran lo equívoco de esta percepción. Ciertamente ha habido grandes avances, especialmente en lo científico y tecnológico, pero también periodos oscuros durante los cuales se retrocedió sensiblemente en humanidad con decenas de millones de personas que murieron por el sinsentido y el odio. Aún más, en las últimas décadas tanto Europa como Estados Unidos y Latinoamérica han vivido la irrupción de la derecha extrema en reacción a los excesos y a la corrupción del progresismo posmoderno. La intolerancia se ha incrementado, los inmigrantes vuelven a estar amenazados y las guerras se suceden en el suelo de ambos continentes. Y en el campo tecnológico, el futuro está en manos de oligarcas con pocos escrúpulos políticos y/o sociales. ¿Con estos rasgos culturales estamos realmente progresando?

Entonces, si queremos avanzar hacia mejores estadios de vida satisfactoria, conviene tratar de ponernos de acuerdo en las premisas del concepto de progreso. Concepto que indica la existencia de un sentido de mejora en la condición humana; y para avanzar en esta mejora, hay que partir de bases comunes desde la perspectiva de la antropología filosófica. Precisamente por la ausencia de dichas bases, durante el siglo XX unos identificaron el progreso con el avance del saber y la virtud; otros, con la expansión de la libertad individual, el crecimiento económico y el dominio sobre la naturaleza; otros, con la capacidad de forjar hombres nuevos a través del poder político. Y últimamente, como lo muestra León XIV en la encíclica Magnifica Humanitas, con el posthumanismo y/o el transhumanismo.

Lo cierto es que han venido surgiendo propuestas que buscan reajustar la cultura reescribiendo las premisas de lo que se ha solido entender por progreso, entre las que está la idea que argumenta la posibilidad de tener al mismo tiempo crecimiento económico y respeto al medio ambiente, lo cual ha cuajado como ideal dominante en los países más ricos. Esta idea confluye con el “crecimiento verde” que confía en los avances tecnológicos y la innovación en infraestructuras, para usar de forma más eficiente los recursos disponibles buscando aumentar la riqueza material con el menor impacto posible sobre el medio ambiente natural. También concurre con lo anterior recurrir a otras herramientas típicas del “desarrollo sostenible”, como los incentivos a la producción de energías renovables, los altos impuestos a las más contaminantes, los nuevos modelos de negocio, etc.. 

En fin, el punto a destacar es que en el trasfondo de dichas propuestas hay una filosofía de vida que busca cambiar el crecimiento económico y el consumismo por la aspiración a vivir con más sentido, aumentando el espacio para disfrutar los bienes inmateriales de la naturaleza como fuente de gozo estético y de perfeccionamiento espiritual. Pero este núcleo básico se mezcla a veces con planteamientos más o menos utópicos o extremos de varios movimientos progresistas posmodernos como el feminismo victimista, el ecologismo radical, el veganismo, la sexodiversidad y lo “woke” entre otros. Corrientes ideológicas estas que en realidad no contribuyen a vivir con más sentido.

Así las cosas, para realmente progresar se trata entonces de buscar el crecimiento, no solo económicamente sostenible, sino también en humanidad. ¿Cómo? Entre otros reajustes culturales, conectando la visión de quienes subrayan la necesidad de equilibrar el tiempo dedicado a producir y consumir con el tiempo del cuidado familiar y del descanso edificante. Aquí la idea fundamental es que no somos solo unidades de producción autónomas sino seres familiares por naturaleza- hecho eminentemente antropológico (i.e todos somos hijos)- que han de compaginar las obligaciones profesionales con las responsabilidades de crianza, cuidado y formación. Es que las urbanizadas sociedades contemporáneas, disponen los tiempos para estas cosas de manera muy desequilibrada.

A corregir el desequilibrio ayuda la perspectiva de familia, un mecanismo que incentiva en los poderes públicos el examen de si sus políticas en los distintos ámbitos (educación, fiscal, laboral, transporte…) facilitan o no, la vida en las familias. De esta manera la sociedad sale ganando puesto que mujeres y hombres participan, con igualdad de derechos, tanto en la esfera pública como en la privada. Y en la medida en que le abre más espacio a la cultura del cuidado al mismo tiempo se contrarresta la del descarte de la ancianidad.